8/17/2011

La publicidad, Herman Dune, la Estrella Damm y los huevos fritos

Todo esto que viene a continuación es solo a efectos de recomendar fervientemente a Herman Dune.

Herman Dune: dúo de franceses que cantan en inglés que uno es suizo que eran un trío que el tercero era el hermano del que ahora es el principal (un solista encubierto que tiene un dúo) que el nombre es el apellido de los hermanos o algo así. Vieron cómo es esto de la música.

Herman Dune: a mí me hacen acordar mucho a Jonathan Richman.

Jonathan Richman: cantante de los Modern Lovers. Para los que no saben de música, pero sí de películas, Jonathan Richman: cantante de Loco por Mary que es asesinado en el final de la película.

Más simple: escuchen el último disco de Herman Dune que se llama Strange Moosic. Detalle de color: el video del primer tema del disco, “Tell me something I don’t know” está protagonizado por el mismísimo Don Draper.



El temazo de Herman Dune parece que es: “I wish i could see you soon” (que tiene unos años ya). Según me entero es el tema que eligió Estrella Damm (cerveza catalana) para la última publicidad. Algo así como las canciones que elige Quilmes cuando llega el verano. O sea, despreciable. Pero, no sé si es porque que estoy en invierno, porque añoro las Estrella Damm (que ya sabemos que según los catalanes no es una buena cerveza, pero yo las añoro igual) o porque no la tengo que escuchar cada vez que prendo un televisor, la cosa es que me enamoro de la canción. Y la escucho mucho.

Todo lo que viene ahora es completamente personal, es decir, pueden dejar de leer y e ir a escuchar a Herman Dune.

Entonces veo la foto del dúo de Herman Dune y me digo: a este de barba yo lo conozco. Y googleo no sé exactamente qué. Google nos permite entender nuestros pensamientos. Bueno, y me doy cuenta de que no lo conozco a él sino a su hermano, al que dejó la banda. Resulta que el que dejó la banda se hace llamar Staley Brinks y yo lo vi en el Heliogabal una noche de enero que hacía mucho frío y que yo estaba muy enferma y me cansé de estar en la cama y me levanté a las nueve de la noche y me fui sola al Heliogabal y estaba en un rincón llena de mocos y me reía mucho de mí misma en ese momento por lo ridícula que era.Entonces estaba sola sonándome la nariz todo el tiempo y riéndome sola de la situación. Patético y adorable.

Me gusta mi recuerdo, aunque es muy personal, por eso les dije que dejaran de leer y se fueran a escuchar Herman Dune.

Entonces, entre nostalgia y futuro, busco la famosa publicidad de Estrella Damm. Y es eso, una publicidad, como la de Quilmes, ponele. Con una chica linda y un chico lindo que hacen cosas divertidas de verano, porque, como todos sabemos, a la gente linda le pasan cosas divertidísimas. Pero en el final no va que el pibe hace un par de huevos fritos que me agarra un antojo terrible que me muero de ganas de comer huevos fritos (dicho sea de paso, la última vez que comí huevos fritos fue en Madrid, es decir, hace once meses) y ahora tengo un antojo que no puedo más. Qué ganas de comer huevos fritos!



Bueno, por hoy, solo me queda el consuelo de escuchar al dúo que es un solista de Herman Dune y sus canciones e imaginar un mundo de publicidad. Me despido cantando: There's no way to say and there is nothing I can do…

8/07/2011

Las voces, no las ideas, que bullen en la cabeza

Después de tantos días de frío, el sol de hoy se veía más disfrutable. Tenía muchas cosas para hacer (como siempre, como todos) de acá, de allá, cosas que me gustan más, cosas que me gustan menos, pero decidí no hacer nada que, en principio, pareciera relevante y poner mi mente al sol, tal como dice la canción de El niño gusano que abrió este blog.

En mi plan de improductividad garantizada, y al rato de estar al sol, fui a buscar un libro. Elegí uno que había comprado el año pasado no me acuerdo por qué motivo (seguramente, alguna reseña que leí o algún comentario que me dijeron o porque es famoso) Lo bueno (siguiendo la lógica autoimpuesta del día) era que no tenía una utilidad inmediata (como una lectura para una clase, o sobre un tema que estoy investigando, o sobre algo que quiero escribir, etc) El libro del que hablo se llama El curioso incidente del perro a medianoche y es de Mark Haddon. La historia trata de Christopher, un chico de 15 años, autista o algo así, que se obsesiona con investigar la muerte del perro de la vecina. La historia está contada por él, desde su perspectiva, y además de ser dulce, triste y tener unas reflexiones brillantes, tiene un trama que te mantiene atrapadísimo. El libro tiene un tono de comedia melancólica independiente, género que ya asumí como mi preferido.
Christopher ama las matématicas porque le dan orden y seguridad, odia el color amarillo, pero le gusta el rojo, solo sabe decir la verdad (él dice que según su madre lo hace porque es bueno, pero según él lo hace porque no sabe mentir, y porque la mentira lo confunde y le da miedo) y cuando está asustado (o si lo tocan) le pega a la gente o piensa en ecuaciones de segundo grado para calmarse.
Es de esos libros que me hubiese gustado escribir a mí.

Lo terminé de una sentada. Bueno, no exactamente de una sentada porque el sol bajó y empezó a hacer frío, entonces, seguí leyendo al lado de la estufa. Y después busqué más sobre el escritor y encontré este reportaje. Y ahora lo comparto porque también me gustó. Y como estoy con el tema de eliminar las ideas en el momento de escribir (sí, esta última frase puede ser un poco críptica, perdón, no tengo ganas de explicarla) quedé más copada aún con la respuesta que eligieron para titular la nota: "Estoy atento a las voces, no a las ideas, que bullen en mi cabeza".

(Este texto lo escribí ayer. Lo digo para los que leen demasiado literal. Ya sé que hoy estuvo bastante nublado.)

El juguete rabioso

El Ital Park fue el mejor parque de diversiones del mundo (claramente superior a Disney World o Legoland o Universal Studios Florida). Tuvo la desgracia de tener que ser clausurado y meses después cerrado definitivamente en 1990 porque, como todos recuerdan, una chica murió en el Matter Horn. Dicen que el Ital Park estaba en crisis financiera y que, por eso, no habían hecho todos los controles necesarios en el carrito que se desprendió. Y es verdad, estaban todos los juegos hechos mierda. Me acuerdo que yo había ido justo un mes antes de que lo clausuraran. Me subí a la Súper 8 volante (hasta los nombres eran geniales) y fiel a mi estilo neuro-miedoso que ya demostraba a los catorce años, le pregunté al pibito de seguridad: "¿está bien trabado esto?" "No, justo este broche funciona mal" y se rió. En principio, cualquiera pensaría que el muchacho le hacía ese chiste a todos los que le hacían ese tipo de preguntas, La típica broma del valiente al que tiene miedo, del cancherito al cobarde, como cuando alguien le tiene miedo a una cucaracha entonces va otro y la agarra con la mano, se la muestra y le dice: pero si no hace nada, ¿por qué le tenés miedo? Solo que en este caso es como si la cucaracha, un mes después de la pregunta, se hubiera devorado a un humano.

La otra noche, en una cena familiar, alguien contaba de un amigo que las noches de navidad tenía recuerdos tristes de su infancia. Específicamente, recuerdos relacionados con la pobreza. La persona en cuestión recordaba que mientras los otros recibían regalos geniales, él imaginaba juguetes y cuando abría el paquete se encontraba con un chocolate. Y parece que la realidad no es como cuenta la historia de Charly y Willy Wonka.
Ahí yo dije que, más allá del recuerdo triste de este hombre y su infancia pobre (para ser sincera yo también era bastante pobre cuando era chica) es un clásico de todos los humanos recordar el juguete que querían y no tuvieron. Yo estoy segura de que todos los que están leyendo esto se acuerdan de algo que deseaban muchísimo y que no tuvieron. Yo, por ejemplo, pocas cosas quise más en mi vida que tener una Commodore 64 y, a pesar de que rogué, nunca me la pudieron comprar.

Bueno, en ese momento, la conversación se dividió entre los que empezaron a nombrar su juguete de la infancia y los que empezaron a teorizar sobre la responsabilidad paterna en el cumplimiento de deseos de los niños y la aceptación al fracaso.

Ahora que lo pienso mejor, también hubo cosas que deseé muchísimo en mi niñez y que las tuve y que me hicieron muy feliz. Por ejemplo una mañana de Reyes en la que me encontré con un disco de los Parchís que quería y quería y la felicidad de abrir el envolotorio y verlo es inolvidable. Y también quise mucho el juego Operación y cuando lo tuve, no me gustó y me dejó de interesar.

Lo que quiero decir con todo esto es que después de la conversación me dieron ganas de escribir un texto y decir algo sobre el deseo. De verdad, creo que si uno piensa su deseo en relación con sus juguetes, con los que tuvo y los que no tuvo, puede darse cuenta de algo interesante sobre sí mismo. Por ejemplo, de lo que me di cuenta yo es que, en este momento de mi vida, no estoy en condiciones de asegurar nada. A veces, lo tuve y fui feliz, a veces, lo tuve y me dejó de interesar, a veces, no lo tuve y lo deseé más y a veces, no lo tuve y pude aceptarlo. Sé que parece un poco relativo y vago lo que digo, pero, para una persona que le gusta tener su vida bajo control e intenta aceptar que eso no es posible, es un hallazgo maravillloso. El deseo se resiste a teorías y a afirmaciones.

Ah! el Ital Park. Cómo entraba el Ital Park en todo esto. Bueno, al finalizar la conversación familiar, recordé la historia más triste de mi infancia: mi cumpleaños número ocho. Teníamos planeado ir al Ital Park, que era el lugar que más me gustaba en el mundo. Pero ese 15 de abril amaneció nublado. Y yo quería ir igual, aunque estuviera nublado, y lloraba y decía que quería ir. Y mis padres me decían que estaba por llover y que no podíamos ir si llovía. Y yo seguía llorando. Y me puse en nena caprichosa, entonces, encima, me retaron. Y sufrí mucho. Y, la verdad, no tengo mucho más para decir al respecto. Fue triste. Eso.

2/15/2011

Anti San Valentín en el CCCB

En lo personal , no soy ni Pro San Valentín, ni Anti San Valentín. Nunca festejé el día, no por odio o soledad, sino por desinterés. Por supuesto, siempre fui, soy y seré Pro Amor, el estado más maravilloso que puede vivir un ser humano. Pero, además, como sigo siendo una obsesiva de la representación del amor, no quería perderme el Anti San Valentín en el CCCB. Así que allí fui:

Voy al Anti San Valentín en el CCCB. Es de 19.30 a 22.30. Se propone como contracultural y con mucho humor. Hay muchísima gente, mucha cerveza. Y todo lo que viene después es altamente disfrutable y divertido.

Cuando llego, ya empezó. La presentadora está diciendo una versión porno de Me gustas cuando callas. Luego da a paso a un chico (que vi el otro día como cantante de una banda de rock). Se parece a Elijah Wood. Él habla en catalán. Va a decir un poema, pero lo hace de distintas maneras: empieza a mover los labios sin pronunciar sonido. Se tira al piso, hace lagartijas diciendo el poema, se pone guantes de látex, los pone en el micrófono, se lo pone en la boca, y sigue diciendo el poema. Termina golpeándose fuerte el pecho con el micrófono al pronunciar las últimas estrofas.

Vuelve la presentadora entre persona y persona. Después pasan: una chica que se nota que está muy nerviosa (parece que está exorcizando alguna historia de desamor arriba del escenario). Varios de los que suben hablan en catalán y hacen referencia a canciones, poemas o personas de la cultura de acá, así que me doy cuenta de que se están burlando de algo, pero no entiendo el chiste.

Pasa un chico del que me encanta su actitud, tiene nombre griego, habla bajito, dice que con un piano delante es más fácil, porque lo tapa. Comenta ese momento previo a que el amante va a dejar a su amado. La desesperación y la idealización. La pregunta patética del final: “pero, por lo menos, ¿me quisiste un poquito?” Y canta a capella una canción de Magnetic Fields que trata de lo mismo. Uno de los mejores de la noche.

Pasa alguien que lee mi poema preferido de Fogwill: Llamado por los malos poetas. En un ataque de nacionalismo (y de buena literatura, por supuesto), juro que me dan escalofríos continuos. Después hace una lectura excelente de “Como yo te amo”. Yo no conozco o no recuerdo la canción, pero me doy cuenta, por la reacción de la gente, de que se debe de tratar de algo popular. Así que retengo algunos versos en mi memoria, para luego googlearlo y enterarme de que se trata de una canción que canta Raphael. El ímpetu con el que pronuncian “yo” (tanto el poeta como Raphael) me hacen pensar en que es un ejemplo hermoso de que el amor romántico (en donde se aseguran cosas como: “nadie te amará como yo te amo”) no es más que narcisismo y onanismo mental.

Hay una performace de Eloy Fernández Porta (el único de la noche que sé quién es) en donde mezcla video y texto. Fernández Porta tiene dos libros que yo conozco: Afterpop y Eros. Además también conozco al dúo Fernández -Fernández que forma con el escritor Agustín Fernández Mallo.

Pasa una pareja. Son un matrimonio, dicen. Se dan un pico. Ella empieza a leer un texto y en la mitad cuanta sus diez amores homosexuales de manera bastante guarra. Generan cierto suspenso, es interesante. Pero no lo resuelven. Después él lee un poema deliberadamente cursi dedicado a ella y la llama: mi marido. Yo cuando era chica me preguntaba si un hombre que quería ser mujer y una mujer que quería ser hombre no se podrían enamorar y ser una pareja homosexual heterosexual. Algo así parece que quieren representar ellos.

Después pasa un señor más grande. Muy atractivo, de traje. Y lee un poema de Bukowski del libro Mujeres, diciendo que Bukowski no es uno de sus preferidos. Me gusta su aclaración. Cuando lo escucho, descubro la causa de mi prejuicio: no me gusta la gente a la que le gusta Bukowski, pero hay que leerlo a él en lugar de dejarse llevar por la imagen de sus lectores. Tiene cosas buenas, en serio.

Llega una nueva perfomance de Anamor: Yo solo quiero amarketing. Combina canciones (la gran “Vivir así es morir de amor” de Camilo Sesto), con noticias sobre campañas de publicidad sobre San Valentín, con videos de Youtube, con la lectura de una extensa lista de casamiento, con una canción de amor hacia el Spam. Anamor es un muchacho de barba y bigote, gordito que se cambia de ropa pasando por trajes de luces y regala un paraguas al finalizar su actuación.

Ya queda poca gente, un par más que leen, la presentadora dice otro poema de amor porno lésbico en donde habla de la eyaculación femenina. El organizador sube al escenario para hacer agradecimientos. Fin del Anti San Valentín del CCCB.


Día siguiente:

Estoy un rato en casa. La tarde está horrible: fría y nubladísima. Escribo esto mientras me empacho con un postre de crema catalana (acabo de engordar un kilo como mínimo). Busco al músico griego que cantó Magnetic Fields. Se llama Euripidis Sabatis, vive en Barcelona desde el 2004, y tiene una banda: Euripidis and his tragedies. Dejo dos videos. Hay que seguir investigando.





No me gusta cómo quedó este texto. Siento que le falta “vida”. Que no deja ver todo lo que vi yo. Y además es aburrido. Voy a tratar de mejorarlo. Pero, ahora, lo subo porque ya me tengo que ir. Es más, ya me debería haber ido.

2/14/2011

Educación sentimental

5 clásicos de educación sentimental (a tono con el día de San Valentín)

1) The apartment


2) The Philadelphia Story


3) Sabrina


4) To have and have not


5) La dama y el vagabundo

2/08/2011

En el Parque del Laberinto


Dicen que no hay nada menos interesante que lo que sueñan los otros. A mí, me encanta que la gente me cuente sus sueños. De verdad. Además, yo creo que hay sueños que están buenos. Hace un año, más o menos, tuve uno genial. Soñé que descubría que cuando uno se moría iba a vivir a sus historias. El problema es que, parece que, en ese sueño, yo había escrito una novela de lucha y persecución, así que tenía que correr por “mi vida” durante toda la eternidad. Una pesadilla.

Hoy me acordé de ese sueño en el Parque del Laberinto. La cosa fue así: entro al parque y, de inmediato, me agarra ese éxtasis entre romántico y estúpido que vengo comentando desde post anteriores. Estoy sola, no veo a nadie a mi alrededor y digo: esto no es la realidad, esto es un cuentito. Hay árboles, fuentes, cascadas, esculturas. Entonces, lo primero que me viene a la mente son Teseo, Ariadna y el Minotauro. ¿Quién soy yo de esos tres personajes? ¿Ariadna? No, no me gusta ser solo la “ayudante” (que encima, después de toda la historia, parece que Teseo la abandonó y la agarró Dionoso para preñarla. Ojo, no está mal que te haga un hijo Dioniso, pero soy una aventurera, no quiero un rol tan pasivo) ¿Teseo? No, me gusta ser el héroe, pero, ¡ soy mujer! ¿El Minotauro? Dada las dos respuestas anteriores supongo que es a lo que más me acerco. De ahí, claro, enseguida me acuerdo de Borges y Cortázar. “La casa de Asterión” (¡qué cuento, por Dios! Si alguien no lo leyó, por favor, deje de leer esto y vaya a leerlo) y “Los reyes”.

Pensando en todas estas cosas, llego, por fin, al laberinto. La verdad es que es tarde, estuve caminando mucho (nunca logro levantarme temprano) y, en cualquier momento, se va a ir el sol. No veo, ni escucho a nadie. ¿Entro? Sí, claro. No debe ser tan difícil. Además, supongo que antes de cerrar deben revisar si algún turista estúpido quedó atrapado.

Empiezo a caminar, a dar vueltas. Me encanta, me siento una nena en un parque de diversiones. Me viene a la mente Let’s dance de Bowie, canción que confundo con la de Laberinto (dato del que me doy cuenta después, cuando busco el video en internet).

Pasa un rato. Me cruzo con una chica.
Ella: -Por allá no es. Bueno, no sé si buscas el centro o la salida.
Yo: -Cualquiera de las dos.
Ella: -El centro está cerca. No te des por vencida.

Camino unos minutos más y me doy cuenta de que acabo de tener unos de los diálogos más reveladores de mi vida (en lo que dice ella, en lo que respondo yo, en lo que vuelve a decir ella). Pero que, también, el sol está cayendo y ya no escucho, ni veo a nadie.

Y llega la realidad. ¡Joder! (sí, en los últimos días, pienso y hablo mechando palabras en “español” como la Chechu Roth) ¡Joder, quién me manda a meterme acá! Debe ser el laberinto más idiota del mundo, pero… yo soy la persona más desorientada del planeta! Si me pierdo cada vez que voy de Ferrán a la Plaza Real! Voy a morir acá dentro. Si yo no soy una aventurera, soy una persona miedosa, ¿para qué hago esto? Me cago en los griegos, en Borges y en Cortázar. Enferma de literatura, eso es lo que soy!!! Bueno, tengo el móvil (el celular). Teseo no tenía celular, por eso necesitaba del hilo de Ariadna, ¿no? Tranquila, tengo que quedarme tranquila. Puedo llamar a la policía de Barcelona y decirle que estoy perdida en el laberinto del Parque del Laberinto. Ok, no tengo el número de la policía de Barcelona. Puedo empezar a llamar a números al azar para que me den el número de la policía. Está todo bajo control… ¡No!, ¡voy a morir acá!, y, si bien tiene glamour morir en Barcelona, no da hacerlo en un laberinto que debe ser algo simple hasta para los niños…

Y así, encuentro la salida. Después me vuelvo a perder para encontrar la salida del parque y, una vez, para encontrar el metro.

Yo no sé si para mí el paraíso de la literatura es una pesadilla. Tampoco sé si estoy cerca del centro y no me tengo que dar por vencida. Hoy, por lo menos, encontré la salida. Voy a volver otro día, por supuesto, antes de que anochezca. Por ahí, hasta me lo encuentro a Bowie.

2/01/2011

El mar

Hace unos años escribí un cuento que se llama “Vacaciones” y que, básicamente, cuenta, en clave humorística, esas vacaciones que solía pasar (hasta el año pasado) con mi expareja y su familia. El asado, el amontonamiento, las advertencias de las señoras mayores sobre meterse en el mar cuando llueve, jugar a la paleta, irse a caminar por la orilla, sacarse fotos ridículas, mirar esos muñequitos que cambian de color para ver si al día siguiente va a llover. Eso, más o menos, hice yo durante los últimos nueve veranos de mi vida. En el cuento está todo cambiado, como siempre.

Hoy a la tarde me acordaba de un falso diálogo (digo falso porque nunca existió en la realidad) en donde la pareja del cuento habla sobre el mar. En realidad, ella le pregunta por qué se hacen metáforas con el mar, como si el mar significara siempre otra cosa y no fuera el mar mismo. Los diálogos de la pareja de mi cuento son así, un poco tontos, un poco sin sentido. Hablan de las ranas y de los postres con dulce de leche que deberían haber comprado y no compraron y después la familia se los reclama.

Pero, bueno, hoy estoy sentada frente al Mediterráneo, no con malla, sino con campera y bufanda. Y hay un sol de invierno hermoso. Y otra vez me pasa lo de octubre: que me siento frente al Mediterráneo y, de repente, puf! me explota una felicidad interna incontrolable. Y digo, la puta madre, no es una serie de Matthew Weiner , no es una película de Michael Arndt, no es una canción de David Bowie , no es un hombre hermoso (y catalán)…ni siquiera es un mar especial, ¡es el Mediterráneo! Digo, no se caracteriza por ser el más lindo, ni nada de eso.

Entonces, estoy sentada frente al Mediterráneo, inmóvil, al sol, y entrecierro los ojos y veo, por el reflejo, como unas estrellitas en el mar. Y cada vez me siento más feliz. Y digo: chau, me perdimos, no puedo ser tan pelotuda, no puedo estar mirando el reflejo del sol en el mar y sentirme plena. Inyéctenme intravenoso un poco de cinismo, ya! Dios mío, ahora voy a empezar a hablar de las cosas simples de la vida??!!! Y a encontrar señales en la naturaleza??!!! Puedo soportar cualquier cosa de mí, menos eso.

Pero la verdad es que estoy mirando las estrellitas que se forman cuando entrecerrás los ojos y mirás el reflejo del sol en el mar y me siento maravillada y plena. Entonces me pregunto: ¿qué significa este mar? ¿Qué significa el Mediterráneo? Y es ahí donde me acuerdo de mi cuento y de mi protagonista femenina que se pregunta por qué la gente siempre hace metáforas con el mar, cuando el mar, tal vez, sólo signifique eso, el mar. Y, en el cuento, él, al final, le decía (una respuesta falsa también, quiero decir, una vez más, algo que nunca sucedió en la realidad): “Aunque te resistas el mar siempre significa otra cosa”. Y no sé a cuál de los dos de mis personajes creerle.

Bueno, tampoco es muy bueno el cuento. Así que, por ahí, mejor, a ninguno.